de mi estudio. Todo esto podía verlo ahora, no meramente inferirlo; y a medida que nos acercábamos más y más, pude discernir incluso el contenido de mi armario, y los dos cofres de oro, y las tablillas de las que la Esfera
Conmovido por la angustia de mi esposa, habría saltado hacia abajo para tranquilizarla, mas me descubrí incapaz de mover movimiento alguno.
—No te preocupes por tu mujer —dijo mi guía—; no la dejarán mucho tiempo en la zozobra; entretanto, echemos un vistazo a Planilandia.
Una vez más me sentí ascendiendo a través del espacio. Fue tal y como la Esfera había dicho. Cuanto más nos alejábamos del objeto que contemplábamos, mayor se hacía el campo de visión. Mi ciudad natal, con el interior de cada casa y de cada criatura en ella, quedó abierta a mi vista en miniatura. Ascendimos más alto y, he aquí, los secretos de la tierra, las profundidades de las minas y las cavernas más recónditas de las colinas, quedaron al desnudo ante mí.
Atónito ante la visión de los misterios de la tierra, así desvelados ante mi indigno ojo, le dije a mi compañero: «He aquí que me he vuelto como un Dios. Pues los sabios de nuestro país dicen que ver todas las cosas, o como ellos lo expresan, omnividencia, es atributo exclusivo de Dios». Hubo algo de desdén en la voz de mi maestro al responder: «¿Es así en verdad? Entonces los mismos carteristas y cortagargantas de mi país deben ser adorados por vuestros sabios como si fueran Dioses, pues no hay uno solo de ellos que no vea tanto como tú ves ahora. Pero créeme, tus sabios se equivocan».
I. Entonces, ¿la omnividencia es un atributo de otros además de los Dioses?
Esfera. No lo sé. Pero, si un carterista o un asesino de nuestro país puede ver todo lo que hay en vuestro país, ciertamente esa no es razón para que