diferencia de tamaño y brillo; de modo que, cuando hube terminado mi tratado (al que titulé, A través de Planilandia hacia la Tierra del Pensamiento), no podía estar seguro de que muchos fueran a comprender mi significado.
Mientras tanto, mi vida estaba bajo una nube. Todos los placeres me aburrían; todas las visiones me atormentaban y tentaban a la traición abierta, porque no podía evitar comparar lo que veía en Dos Dimensiones con lo que era en realidad si se veía en Tres, y apenas podía refrenar mis comparaciones en voz alta.
Descuidé a mis clientes y mis propios negocios para entregarme a la contemplación de los misterios que una vez había contemplado, pero que a nadie podía transmitir, y que cada día me resultaba más difícil reproducir incluso ante mi propia visión mental.
Un día, unos once meses después de mi regreso de Espaciolandia, intenté ver un Cubo con el ojo cerrado, pero no lo logré; y aunque lo conseguí más tarde, no estuve entonces del todo seguro (ni lo he estado nunca después) de haber visualizado exactamente el original.
Esto me deprimió más que antes y me determinó a tomar alguna medida; pero cuál, no lo sabía. Sentía que habría estado dispuesto a sacrificar mi vida por la causa, si con ello hubiera podido generar convicción. Pero si no podía convencer a mi nieto, ¿cómo iba a convencer a los Círculos más altos y desarrollados del país?
Y, sin embargo, a veces mi espíritu era demasiado fuerte para mí, y daba rienda suelta a expresiones peligrosas. Ya se me consideraba heterodoxo, cuando no traidor, y era muy consciente del peligro de mi posición; sin embargo, en ocasiones no podía evitar prorrumpir en declaraciones sospechosas o semisediciosas, incluso entre la más encumbrada sociedad de Polígonos y Círculos.