desviación de la Regularidad perfecta en la figura corporal, causada tal vez (si no era congénita) por alguna colisión en una multitud; por la negligencia en hacer ejercicio, o por tomar demasiado; o incluso por un cambio repentino de temperatura, que resultara en la contracción o expansión de alguna parte demasiado susceptible del cuerpo. Por lo tanto, concluía aquel ilustre filósofo, ni la buena ni la mala conducta son un tema adecuado, según cualquier criterio sensato, ni para la alabanza ni para la culpa. * Pues, ¿por qué habríais de alabar, por ejemplo, la integridad de un Cuadrado que defiende fielmente los intereses de su cliente, cuando en realidad deberíais más bien admirar la exacta precisión de sus ángulos rectos? * O bien, ¿por qué culpar a un Isósceles mentiroso y ladrón cuando deberíais más bien deplorar la incurable desigualdad de
Teóricamente, esta doctrina es indiscutible; pero tiene inconvenientes prácticos. Al tratar con un Isósceles, si un bribón alega que no puede evitar robar debido a su irregularidad, le respondes que precisamente por eso, porque no puede evitar ser una molestia para sus vecinos, tú, el Magistrado, no puedes evitar condenarlo a ser consumido—y con eso se acaba el asunto.
Pero en las pequeñas dificultades domésticas, donde la pena de consumo, o muerte, está fuera de cuestión, esta teoría de la Configuración resulta a veces incómoda; y debo confesar que, en ocasiones, cuando uno de mis propios nietos Hexagonales alega como excusa de su desobediencia que un cambio repentino de temperatura ha podido más que su perímetro, y que debo echar la culpa no a él sino a su Configuración, la cual solo puede fortalecerse con una abundancia de los más exquisitos dulces, no veo la manera de rechazar lógicamente sus conclusiones, ni tampoco de aceptarlas en la práctica.