—Tengo un mensaje, querida señora, para su marido, el cual no debo transmitir en su presencia; y, si tuviera a bien permitirnos retirarnos unos minutos... Pero mi esposa no quiso oír hablar de la propuesta de que nuestro augusto visitante se incomodara de tal modo, y asegurándole al Círculo que la hora de su propio retiro hacía mucho que había pasado, con muchas y reiteradas disculpas por su reciente indiscreción, al fin se retiró a su aposento.
Miré el reloj de arena de media hora. Los últimos granos habían caído. El tercer Milenio había comenzado.