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XXI. Cómo intenté enseñar la teoría de las tres dimensiones a mi nieto, y con qué éxito

logré persuadirla de que volviera tranquilamente a sus tareas domésticas sin arrancarme ninguna referencia al mundo de las Tres Dimensiones. Hecho esto, mandé llamar inmediatamente a mi nieto; pues, a decir verdad, sentía que todo lo que había visto y oído se me iba escapando de algún modo extraño, como la imagen de un sueño huidizo y apenas apresado, y anhelaba poner a prueba mi habilidad haciendo de él mi primer discípulo.

Cuando mi nieto entró en la habitación, aseguré cuidadosamente la puerta.

Luego, sentándome a su lado y tomando nuestras tablillas matemáticas —o, como ustedes las llamarían, Líneas—, le dije que reanudaríamos la lección de ayer. Le enseñé una vez más cómo un Punto, mediante el movimiento en Una Dimensión, produce una Línea, y cómo una Línea recta en Dos Dimensiones produce un Cuadrado.

Tras esto, forzando una risa, dije: «Y ahora, granuja, querías hacerme creer que un Cuadrado puede de la misma manera, mediante el movimiento “Hacia arriba, no hacia el norte”, producir otra Figura, una especie de Cuadrado extra en Tres Dimensiones. Vuelve a decir eso, jovencito bribón».

En ese momento volvimos a oír el «¡Óiganse, óiganse!» del pregonero en la calle, que proclamaba la Resolución del Consejo. A pesar de su juventud —pues era un muchacho inusualmente inteligente para su edad y educado en el más absoluto respeto por la autoridad de los Círculos—, mi nieto comprendió la situación con una agudeza para la que yo no estaba preparado en absoluto. Permaneció en silencio hasta que las últimas palabras de la Proclamación se apagaron y entonces, rompiendo a llorar, dijo: «Querido abuelo, eso

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