objetos e incluso su propia persona sagrada, al fin me aclaró todas las cosas, de modo que ahora podía distinguir fácilmente entre un Círculo y una Esfera, una Figura Plana y un Sólido.
Este fue el clímax, el paraíso, de mi extraña y agitada historia. De aquí en adelante debo relatar la historia de mi mísera caída:—¡miserable en extremo, mas ciertamente inmerecida en extremo!
Pues ¿por qué ha de despertarse la sed de conocimiento, solo para ser defraudada y castigada? Mi voluntad se encoge ante la dolorosa tarea de recordar mi humillación; sin embargo, como un segundo Prometeo, soportaré esto y peores cosas, si por algún medio logro despertar en las entrañas de la Humanidad Plana y Sólida un espíritu de rebelión contra la vanidad que querría limitar nuestras Dimensiones a Dos o Tres o cualquier número inferior al infinito.
¡Fuera, pues, toda consideración personal! Permítaseme continuar hasta el final, tal como empecé, sin más digresiones ni anticipaciones, siguiendo el camino llano de la Historia desapasionada. Los hechos exactos, las palabras exactas—y están grabadas a fuego en mi cerebro—serán consignados sin alterar una sola tiota; y que mis lectores juzguen entre el Destino y yo.
La Esfera habría continuado gustosamente sus lecciones adoctrinándome en la conformación de todos los Sólidos regulares, Cilindros, Conos, Pirámides, Pentaedros, Hexaedros, Dodecaedros y Esferas: pero me atreví a interrumpirlo.
No es que estuviera cansado del saber. Por el contrario, tenía sed de tragos aún más profundos y plenos que los que él me estaba ofreciendo.
—Perdóname —dije—, ¡oh Tú a Quien ya no debo llamar la Perfección de toda Belleza!; mas déjame suplicarte que te dignes conceder a tu siervo contemplar tu interior.