En cuanto a nuestros sacerdotes
Ya es hora de que pase de estas breves y divagantes notas sobre las cosas de Planilandia al acontecimiento central de este libro, mi iniciación en los misterios del Espacio. Ese es mi tema; todo lo que ha precedido es meramente prefacio.
Por esta razón debo omitir muchos asuntos cuya explicación no carecería, me halaga creerlo, de interés para mis lectores:
- como, por ejemplo, nuestro método para impulsarnos y detenernos, a pesar de carecer de pies;
- los medios por los cuales conferimos fijeza a las estructuras de madera, piedra o ladrillo, aunque por supuesto no tenemos manos, ni podemos poner cimientos como ustedes, ni valernos de la presión lateral de la tierra;
- la manera en que se origina la lluvia en los intervalos entre nuestras diversas zonas, de modo que las regiones septentrionales no intercepten la humedad impidiendo que caiga sobre las meridionales;
- la naturaleza de nuestras colinas y minas, nuestros árboles y vegetales, nuestras estaciones y cosechas;
- nuestro alfabeto y método de escritura, adaptados a nuestras tablillas lineales;
estos y otros cientos de detalles de nuestra existencia física debo pasarlos por alto, y no los menciono ahora sino para indicar a mis lectores que su omisión no proviene de un olvido por parte del autor, sino de su consideración hacia el tiempo del lector.