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สารบัญ

XIII. Cómo tuve una visión del país de las Líneas

—Es imposible —dijo—; es tan inconcebible como que dos y uno sumen cinco, o que el ojo humano pueda ver una Línea Recta. Habría querido interrumpirle, pero prosiguió de este modo:

“Una vez a mitad de semana, una ley de la Naturaleza nos obliga a movernos de acá para allá con un movimiento rítmico de una violencia mayor a la habitual, el cual continúa durante el tiempo que tardarías en contar hasta ciento uno.

En medio de esta danza coral, en la quincuagésima primera pulsación, los habitantes del Universo se detienen en plena carrera, y cada individuo emite su nota más rica, más plena y más dulce.

Es en este momento decisivo donde se contraen todos nuestros matrimonios. Tan exquisita es la adaptación del bajo al tiple, del tenor al contralto, que a menudo los seres amados, aunque se encuentren a veinte mil leguas de distancia, reconocen al instante la nota de respuesta de su amante predestinado; y, penetrando los insignificantes obstáculos de la distancia, el Amor une a los tres.

El matrimonio consumado en ese instante da como resultado una descendencia triple, masculina y femenina, que ocupa su lugar en Linelandia”.

«¡Cómo! ¿Siempre por partida triple? —dije—. ¿Acaso una sola esposa ha de tener siempre mellizos?».

—¡Monstruosidad de voz ronca! Sí —respondió el rey—. ¿Cómo si no podría mantenerse el equilibrio de los sexos, si no nacieran dos niñas por cada niño? ¿Ignorarías acaso el abecedario mismo de la naturaleza? Se detuvo, mudo de furia; y transcurrió un buen rato antes de que pudiera persuadirle para que reanudara su relato.

“No supondréis, por supuesto, que todos los solteros entre nosotros encuentran a sus parejas al primer cortejo en este Coro Matrimonial

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