El brillo del Monarca, que resplandeció con más fuerza que nunca al oír mis palabras, demostró claramente que conservaba su complacencia; y apenas hube terminado cuando retomó su discurso:
«¡Ay, la alegría, ay, la alegría del pensamiento! ¡Qué no puede lograr mediante el pensamiento! ¡Su propio pensamiento viniendo hacia Sí mismo, sugerente de Su menosprecio, para realzar así Su felicidad! ¡Dulce rebelión suscitada para desembocar en triunfo! ¡Ay, el divino poder creador del Todo en Uno! ¡Ay, la alegría, la alegría de ser!»
—Ya ves —dijo mi maestro—, cuán poco han logrado tus palabras. En la medida en que el Monarca las comprende, las acepta como suyas —pues no puede concebir ninguna otra mente que no sea la suya— y se enorgullece de la variedad de «Su Pensamiento» como un ejemplo de poder creativo. Dejemos a este Dios de Puntilandia en el goce ignorante de su omnipresencia y omnisciencia: nada de lo que tú o yo podamos hacer podrá rescatarlo de su satisfacción propia.
Después de esto, mientras flotábamos suavemente de regreso a Planilandia, pude oír la apacible voz de mi compañero señalando la moraleja de mi visión y estimulándome a aspirar, y a enseñar a otros a aspirar. Al principio se había enojado —confesó— por mi ambición de ascender a Dimensiones superiores a la Tercera; pero, desde entonces, había recibido una nueva perspectiva, y no era demasiado orgulloso para reconocer su error ante un discípulo. Luego procedió a iniciarme en misterios aún mayores que los que había presenciado, mostrándome cómo construir Extrasólidos mediante el movimiento de Sólidos, y Dobles Extrasólidos mediante el movimiento de Extrasólidos, y todo «estrictamente según la Analogía», todo mediante métodos tan sencillos, tan fáciles, que resultaban evidentes incluso para el sexo femenino.