—No soy ninguna mujer —respondió la pequeña Línea—. Soy el Monarca del mundo. Mas tú, ¿de dónde te entrometes en mis dominios de Línelandia?
Al recibir esta abrupta respuesta, pedí perdón si de algún modo había asustado o molestado a su Alteza Real; y, presentándome como un extranjero, le supliqué al Rey que me diera alguna explicación de sus dominios.
Pero tuve la mayor dificultad posible para obtener información sobre cuestiones que realmente me interesaban; pues el Monarca no podía evitar dar por sentado constantemente que todo lo que le era familiar a él debía serme conocido también a mí, y que yo fingía ignorancia por broma. Sin embargo, mediante preguntas insistentes, logré sonsacar los siguientes hechos:
Parecía que este pobre monarca ignorante—como él mismo se llamaba—estaba persuadido de que la Línea Recta que llamaba su Reino, y en la cual transcurría su existencia, constituía el mundo entero y, en verdad, la totalidad del Espacio. Al no poder moverse ni ver, salvo en su Línea Recta, no tenía concepción de nada fuera de ella. Aunque había oído mi voz cuando le hablé por primera vez, los sonidos le habían llegado de un modo tan contrario a su experiencia que no había respondido, «no viendo a ningún hombre», según se expresaba, «y oyendo una voz por así decirlo desde mis propios intestinos». Hasta el momento en que coloqué mi boca en su mundo, ni me había visto ni había oído nada, salvo sonidos confusos que golpeaban contra—lo que yo llamaba su costado, pero que él llamaba su interior o estómago—; ni siquiera ahora tenía la más mínima noción de la región de donde yo había venido. Fuera de su mundo, o Línea, todo era para él un vacío; es más, ni siquiera un vacío, pues un vacío implica Espacio; digamos, más bien, que todo era inexistente.