el uso de «sentir» en un sentido técnico, que significa «recomendar-con-el-propósito-de-sentir-y-ser-sentido»; y en este momento la «jerga» de la sociedad educada o frívola de las clases altas sanciona un barbarismo tal como: «Señor Smith, permítame sentir al señor Jones».
No crea sin embargo mi lector que el «sentimiento» es entre nosotros el tedioso proceso que sería para ustedes, ni que consideremos necesario tantear todos los lados de cada individuo antes de determinar la clase a la que pertenece.
Una larga práctica y un entrenamiento, iniciados en las escuelas y continuados en la experiencia de la vida cotidiana, nos permiten distinguir al instante, mediante el sentido del tacto, entre los ángulos de un triángulo equilátero, un cuadrado y un pentágono; y no hace falta decir que el vértice carente de cerebro de un isósceles acutángulo resulta evidente al tacto más torpe.
Por lo tanto, no es necesario, por regla general, hacer más que palpar un solo ángulo de un individuo; y este, una vez comprobado, nos indica la clase de la persona a la que nos dirigimos, a menos que, en verdad, pertenezca a las altas esferas de la nobleza.
Ahí la dificultad es mucho mayor. Se ha dado el caso de que incluso un Maestro en Artes de nuestra Universidad de Wentbridge haya confundido un polígono de diez lados con uno de doce; y difícilmente hay un Doctor en Ciencias, dentro o fuera de esa famosa Universidad, que pudiera pretender decidir con rapidez y sin vacilación entre un miembro de la aristocracia de veinte lados y uno de veinticuatro.
Aquellos de mis lectores que recuerden los extractos que di más arriba del código legislativo concerniente a las mujeres, percibirán fácilmente que el proceso de introducción por contacto requiere cierto cuidado y discreción.