«Hacia arriba, no hacia el norte»—era la clave de toda la prueba. Me había parecido bastante clara antes de dormirme; y cuando desperté por primera vez, fresco tras mi sueño, me había resultado tan evidente como la aritmética; pero por alguna razón no me lo parecía tanto ahora. Aunque mi esposa entró en la habitación de manera oportuna justo en ese momento, decidí, tras intercambiar unas cuantas palabras de conversación trivial, no empezar con
Mis hijos Pentágonos eran hombres de carácter y posición, y médicos de no poca reputación, pero no muy versados en matemáticas y, en ese aspecto, inadecuados para mi propósito. Pero se me ocurrió que un Hexágono joven y dócil, con inclinación por las matemáticas, sería un alumno de lo más idóneo. ¿Por qué, por tanto, no hacer mi primer experimento con mi precoz nieto pequeño, cuyos comentarios fortuitos sobre el significado de 3 3 habían contado con la aprobación de la Esfera? Discutiendo el asunto con él, un mero muchacho, estaría totalmente seguro; pues no sabría nada de la Proclamación del Consejo; mientras que no podía estar seguro de que mis hijos —tanto predominaba su patriotismo y reverencia hacia los Círculos por encima del mero afecto ciego— no se sintieran obligados a entregarme al Prefecto, si me descubrían sosteniendo seriamente la herejía sediciosa de la Tercera Dimensión.
Pero lo primero que había que hacer era satisfacer de algún modo la curiosidad de mi mujer, que naturalmente deseaba saber algo de las razones por las que el Círculo había deseado aquella misteriosa entrevista, y de los medios por los cuales había entrado en la casa. Sin entrar en los detalles del elaborado relato que le di —un relato que, mucho me temo, no era tan coherente con la verdad como mis lectores de Espaciolandia podrían desear—, debo conformarme con decir que al fin