Podía ver a muchos de los Consejeros más jóvenes retroceder con manifiesto horror, a medida que la sección circular de la Esfera se ensanchaba ante ellos. Pero a una señal del Círculo presidente —que no mostró la más mínima alarma o sorpresa—, seis Isósceles de clase baja procedentes de cuatro puntos distintos se abalanzaron sobre la Esfera. «Lo tenemos —gritaron—; no; sí; ¡lo seguimos teniendo!; ¡se va!; ¡se ha ido!».
—Mis Señores —dijo el Presidente a los Círculos Inferiores del Consejo—, no hay la menor necesidad de sorpresa; los archivos secretos, a los que solo yo tengo acceso, me dicen que un acontecimiento similar ocurrió en los dos últimos comienzos milenarios. Vosotros, por supuesto, no diréis nada de estas pequeñeces fuera del Gabinete.
Alzando la voz, llamó entonces a los guardias. «Arrestad a los policías; mordazaladlos. Ya sabéis cuál es vuestro deber». Tras haber encomendado a su suerte a los desdichados policías —desafortunados y reacios testigos de un secreto de Estado que no se les iba a permitir revelar—, se dirigió de nuevo a los Consejeros. «Señores, concluido los asuntos del Consejo, solo me queda desearos un feliz año nuevo». Antes de marcharse, expresó extensamente al Escribano, mi excelente pero muy desgraciado hermano, su sincero pesar de que, de acuerdo con los precedentes y por mor del secreto, debiera condenarlo a prisión perpetua, mas añadió su satisfacción de que, a menos que él hiciera mención alguna del incidente de aquel día, se le perdonaría la vida.