certeza de que las mujeres aprenderían rápidamente a desvanecer sus extremidades para imitar a los Círculos; entonces os resultará sin duda obvio, querido lector, que la Ley del Color nos puso bajo un gran peligro de confundir a un Sacerdote con una joven.
Cuán atractiva debió de ser esta perspectiva para el sexo frágil puede imaginarse fácilmente. Anticipaban con deleite la confusión que se seguiría. En casa podían oír secretos políticos y eclesiásticos destinados no a ellas, sino a sus maridos y hermanos, y tal vez incluso dictar órdenes en nombre de un Círculo sacerdotal; fuera de casa, la llamativa combinación de rojo y verde, sin adición de ningún otro color, sin duda llevaría a la gente común a confusiones interminables, y las mujeres ganarían, en la deferencia de los transeúntes, todo lo que los Círculos perdieran. En cuanto al escándalo que recaería sobre la clase Circular si se le atribuyera la conducta frívola e indecorosa de las