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XII. De la doctrina de nuestros sacerdotes

Pues la consecuencia es que, tal como están las cosas hoy en día, nosotros los varones tenemos que llevar una especie de existencia bilingüe y, casi me atrevería a decir, bimental. Con las mujeres hablamos de «amor», «deber», «correcto», «incorrecto», «piedad», «esperanza» y otros conceptos irracionales y emocionales que no tienen existencia, y cuya ficción no tiene otro objeto que controlar las exuberancias femeninas; pero entre nosotros, y en nuestros libros, poseemos un vocabulario enteramente distinto y, casi me atrevería a decir, un idioma diferente. El «amor» se convierte entonces en «la anticipación de beneficios»; el «deber» pasa a ser «necesidad» o «idoneidad»; y las demás palabras son metamorfoseadas de manera correspondiente. Además, entre las mujeres, empleamos un lenguaje que denota el máximo respeto hacia su sexo; y ellas creen firmemente que ni el Círculo Mayor en persona es adorado por nosotros con tanta devoción como ellas: pero a sus espaldas son consideradas y mencionadas —por todos, excepto por los muy jóvenes— poco menos que como «organismos sin mente».

Nuestra teología también en los aposentos de las mujeres es completamente diferente de nuestra teología en cualquier otra parte.

Ahora bien, mi humilde temor es que esta doble formación, tanto en el lenguaje como en el pensamiento, imponga una carga algo demasiado pesada sobre los jóvenes, especialmente cuando, a la edad de tres años, son apartados del cuidado materno y se les enseña a desaprender el antiguo idioma —excepto con el propósito de repetirlo en presencia de sus madres y nodrizas— y a aprender el vocabulario y el idioma de la ciencia. Ya me parece discernir una debilidad en la comprensión de la verdad matemática en el tiempo presente, si se compara con el intelecto más robusto de nuestros antepasados de hace tres años cientos años. No digo nada sobre el posible peligro de que una mujer llegara alguna vez a aprender a leer furtivamente y a transmitir a su sexo el resultado de su lectura de un solo volumen popular; ni sobre la posibilidad de que la indiscreción o la desobediencia de algún infante varón revelara a una

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