penumbra con demasiada rapidez para representar a una persona del sexo femenino; y la habría tomado por un Círculo, de no ser porque parecía cambiar de tamaño de un modo imposible para un Círculo o para cualquier Figura regular de la que yo hubiera tenido experiencia.
Pero mi mujer no tenía mi experiencia, ni la sangre fría necesaria para observar estas características. Con la precipitada e irracional celotipia propia de su sexo, sacó inmediatamente la conclusión de que una mujer había entrado en la casa por alguna pequeña abertura.
«¿Cómo ha llegado esta persona aquí? —exclamó—, me prometiste, querido, que no habría ventiladores en nuestra nueva casa».
—Tampoco los hay —dije—; pero ¿qué te hace pensar que la Forastera es una mujer? Veo, por mi poder de Reconocimiento Visual...
—Oh, no tengo paciencia con tu Reconocimiento Visual —respondió ella—, «El tacto es la creencia» y «Una Línea Recta al tacto vale más que un Círculo a la vista» —dos proverbios muy comunes entre el sexo más frágil en Planilandia.
—Pues bien —dije, pues temía irritarla—, si ha de ser así, exige una presentación.
Adoptando su aire más cortés, mi esposa se acercó al Desconocido: «Permítame, señora, palpar y ser palpada por...» —luego, retrocediendo de golpe—: «¡Oh! No es una mujer, y tampoco tiene ángulos, ni un solo rastro de ellos. ¿Es posible que me haya comportado de un modo tan impropio ante un Círculo perfecto?».
—En efecto, en cierto sentido soy un Círculo —respondió la voz—, y un Círculo más perfecto que cualquiera en Planilandia; pero, para hablar con más exactitud, soy muchos Círculos en uno. Luego añadió con más suavidad: