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VIII. De la antigua práctica de la pintura

De la antigua práctica de la pintura

Si mis lectores me han seguido con cierta atención hasta este punto, no se sorprenderán al oír que la vida es algo aburrida en Planilandia.

No quiero decir, por supuesto, que no haya batallas, conspiraciones, tumultos, facciones y todos esos otros fenómenos que se supone hacen que la historia sea interesante; ni negaría que la extraña mezcla de los problemas de la vida y los problemas de las matemáticas, que incita continuamente a la conjetura y ofrece la oportunidad de una verificación inmediata, imparte a nuestra existencia un entusiasmo que ustedes en Espacilandia difícilmente pueden comprender.

Hablo ahora desde el punto de vista estético y artístico cuando digo que la vida entre nosotros es aburrida; estética y artísticamente, muy aburrida en verdad.

¿Cómo ha de ser de otro modo, cuando toda perspectiva propia, todos los paisajes, piezas históricas, retratos, flores, naturalezas muertas, no son otra cosa que una sola línea, sin más variedades que grados de claridad y oscuridad?

No siempre fue así. El color, si la tradición no miente, arrojó antaño, durante el espacio de medio millar de años o más, un esplendor transitorio sobre las vidas de nuestros antepasados en las eras más remotas. Se dice que cierto particular —un Pentágono cuyo nombre se registra de diversas maneras—, tras haber descubierto por casualidad los

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