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XIV. Cómo intenté en vano explicar la naturaleza de Planilandia

«¡Ser embotado! Te crees la perfección de la existencia, cuando en realidad eres el más imperfecto e imbécil. ¡Presumes de ver, cuando no puedes ver más que un Punto! Te ufanas de deducir la existencia de una Línea Recta; pero yo puedo ver Líneas Rectas y deducir la existencia de Ángulos, Triángulos, Cuadrados, Pentágonos, Hexágonos e incluso Círculos. ¿Para qué malgastar más palabras? Baste decir que soy la culminación de tu ser incompleto. Tú eres una Línea, pero yo soy una Línea de Líneas, llamada en mi país Cuadrado: e incluso yo, por infinitamente superior que te sea, tengo escaso valor entre los grandes nobles de Planilandia, de donde he venido a visitarte, con la esperanza de ilustrar tu

Al oír estas palabras, el Rey avanzó hacia mí con un grito amenazante como si fuera a atravesarme por la diagonal; y en ese mismo momento se alzó de entre miríadas de sus súbditos un multitudinario grito de guerra, que aumentó en vehemencia hasta que por fin me pareció que rivalizaba con el rugido de un ejército de cien mil Isósceles y la artillería de mil Pentágonos.

Hipnotizado e inmóvil, no pude hablar ni moverme para evitar la inminente destrucción; y el ruido seguía aumentando y el Rey se acercaba más, cuando desperté y descubrí que la campana del desayuno me devolvía a las realidades de Planilandia.

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