Tacto, en la medida en que es un arte, no sobreviviría por mucho tiempo; las relaciones se volverían peligrosas o imposibles; se acabaría toda confianza, toda previsión; nadie estaría a salvo al hacer los arreglos sociales más sencillos; en una palabra, la civilización recaería en la barbarie.
¿Voy demasiado deprisa como para llevar a mis lectores conmigo hacia estas obvias conclusiones? Ciertamente, un momento de reflexión y un solo ejemplo de la vida común deben convencer a cualquiera de que todo nuestro sistema social se basa en la Regularidad, o Igualdad de Ángulos. Os encontráis, por ejemplo, con dos o tres comerciantes en la calle, a quienes reconocéis al instante como comerciantes con un vistazo a sus ángulos y a sus costados rápidamente empaullados, y les invitáis a pasar a vuestra casa a almorzar. Esto lo hacéis actualmente con perfecta confianza, porque todo el mundo conoce al dedillo el área ocupada por un Triángulo adulto: pero imaginad que vuestro comerciante arrastra tras su regular y respetable vértice un paralelogramo de doce o trece pulgadas de diagonal:—¿qué vais a hacer con semejante monstruo atascado en la puerta de vuestra casa?
Pero estoy insultando la inteligencia de mis lectores al acumular detalles que deben ser patentes para cualquiera que goce de las ventajas de residir en Espaclandia.
Obviamente, las medidas de un solo ángulo ya no serían suficientes en circunstancias tan portentosas; la vida entera de uno se ocuparía en palpar o medir el perímetro de sus conocidos.
Ya de por sí las dificultades para evitar una colisión en una multitud bastan para poner a prueba la sagacidad aun de un Cuadrado bien educado; pero si nadie pudiera calcular la Regularidad de una sola Figura en la compañía, todo sería caos y confusión, y el más leve pánico causaría graves heridas, o —si por casualidad hubiera mujeres o soldados presentes— tal vez una pérdida considerable de vidas.