Me disculpé; pero él continuó con desprecio:
«Puesto que eres impermeable a los argumentos, oirás con tus propios oídos cómo, por medio de mis dos voces, revelo mi forma a mis esposas, que se encuentran en este momento a seis mil millas, setenta yardas, dos pies y ocho pulgadas de distancia, la una al Norte, la otra al Sur. Escucha, las llamo».
Él chirrió, y luego continuó con complacencia:
«Mis esposas, al recibir en este momento el sonido de una de mis voces, seguido de cerca por la otra, y al percibir que esta última les llega tras un intervalo en el que el sonido puede recorrer 6,457 pulgadas, deducen que una de mis bocas está 6,457 pulgadas más lejos de ellas que la otra, y en consecuencia saben que mi forma es de 6,457 pulgadas. Pero comprenderán, por supuesto, que mis esposas no hacen este cálculo cada vez que escuchan mis dos voces. Lo hicieron, de una vez por todas, antes de casarnos. Pero podrían hacerlo en cualquier momento. Y de la misma manera puedo estimar la forma de cualquiera de mis súbditos varones mediante el sentido del sonido».
“Pero cómo —dije—, si un hombre imita la voz de mujer con una de sus dos voces, o disfraza de tal modo su voz sureña que no pueda ser reconocida como el eco de la norteña? ¿No pueden tales engaños causar grandes inconvenientes? ¿Y no tenéis medios para reprimir fraudes de esta índole ordenando a vuestros vasallos vecinos que se palpen unos a otros?”
Por supuesto, esta fue una pregunta muy estúpida, pues el tacto no habría servido para tal propósito; pero la hice con la intención de irritar al Monarca, y lo conseguí a la perfección.