Codal
nydus/Short FictionPublic
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III

considerablemente a través de sus alegres zapatillas de seda. Se arrojó sobre el brezal, que llegaba hasta las paredes de la cabaña por todos lados, y rugió y gritó de rabia. De repente, sin embargo, recordó cómo sus gritos habían atraído a la horda de lobos y hienas a su alrededor en el bosque y, cesando de inmediato, se quedó quieta, mirando una vez más hacia la luna.

Y entonces le vino el pensamiento de sus padres en el palacio, en su hogar. Con los ojos de la mente vio a su madre sentada ante su bordado con las lágrimas cayendo sobre él, y a su padre mirando fijamente el fuego como si la buscara en sus cavernas incandescentes. Es verdad que si ambos hubieran estado a su lado en lágrimas por culpa de su mal comportamiento, a ella le habría importado un bledo; pero ahora su propia condición desvalida la ayudaba de algún modo a comprender el dolor de ellos por haberla perdido, y no solo un gran anhelo de estar de vuelta en su cómodo hogar, sino un débil aleteo de amor genuino hacia sus padres despertó también en su corazón, y prorrumpió en lágrimas de verdad⁠—lágrimas suaves y melancólicas⁠—, muy diferentes de aquellas de rabia y desengaño a las que estaba tan acostumbrada.

Y otra cosa muy notable fue que, en el momento en que empezó a amar a su padre y a su madre, comenzó a desear ver de nuevo a la mujer sabia. La idea de que fuera una ogresa se desvaneció por completo, y ya solo pensaba en ella como alguien capaz de sacarla de la luna, de la soledad y de los terrores del páramo habitado por el bosque, para esconderla en una cabaña que ni siquiera tuviera una puerta contra la que pudieran aullar los horribles lobos.

Pero la vieja —como la llamaba la princesa, sin saber que su verdadero nombre era la Sabia— le había dicho que debía llamar a la puerta: ¿cómo iba a hacer eso cuando no había ninguna puerta? Pero de nuevo pensó que, si no podía hacer todo lo que se le ordenaba, podía, al menos, hacer una parte: si no podía llamar a la puerta, al menos podía llamar —digamos

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