La flota de las hadas
La cama estaba a un par de yardas de la orilla del arroyo. Y como Colin era siempre el primero en levantarse por la mañana, dormía en la parte delantera de la cama. Así que se quedó un rato contemplando el débil brillo del agua a la luz opaca y rojiza de la fogata cubierta de tepes, y escuchando su dulce música mientras se apresuraba de nuevo hacia la noche, hasta que su murmullo se convirtió en una canción de cuna y lo sumió en un profundo sueño.
Pronto descubrió que volvía a despertarse. Estaba tendido escuchando el sonido del bullicioso arroyo. Pero este había incorporado más sonidos desde que se había quedado dormido; entre otros, el de unas tablas que entrechocaban, y un parloteo diminuto y una dulce risa, como el tictac de las campanillas de brezo.
Abrió los ojos. La luna brillaba a lo largo del arroyo, iluminando los ahumados maderos del techo con su reflejo en el agua, la cual había sido retenida en su salida de la cabaña mediante una pequeña presa, de modo que estaba llena hasta los bordes y al mismo nivel que el suelo. Pero su superficie apenas podía distinguirse, salvo por algún que otro destello, debido a las apiñadas barcas de una flota de hadas que acababa de llegar.
Los marineros estaban tan ocupados como podían estarlo, amarrando a lo largo de las orillas o varando sus botes en la playa. Algunos tenían pequeñas velas que brillaban con luz blanca bajo la luz de la luna —a medio arriar, o flameando al suave ventarrón que descendía por el curso del arroyo. Otros remaban entre los demás, con remos destellantes,