deseaba, lo justo; y se volvió tan obstinada que al final sus padres temían llevarla la contraria en nada, sabiendo muy bien que ella jamás daría su brazo a torcer. > Pero hay victorias mucho peores que las derrotas; y vencer a un ángel demasiado clemente para desplegar toda su fuerza, y cabalgar triunfante a lomos de un demonio, es una de las más
Mientras la dejaran seguir su propio camino y hacer lo que quisiera, daba a sus padres pocos quebraderos de cabeza.
Jugaba sola en el pequeño jardín de flores resistentes, o entre el brezo donde las abejas ajetreadas revoloteaban; o vagaba por las colinas, y nadie sabía dónde estaba, a veces desde la mañana hasta la noche; ni sus padres se atrevían a reprenderla.
Nunca montaba en cólera como la princesa, y le habría parecido que Rosamond —¡oh, tan fea y ruin!— era espantosa si la hubiera visto en uno de sus arrebatos. Pero no era mejor por todo eso, y resultaba igual de fea a los ojos de la sabia mujer, que no solo podía ver su rostro, sino leer en él. ¿Qué diferencia hay entre un rostro deformado hasta la fealdad por la ira y uno deformado hasta la necedad por la autocomplacencia? Es verdad que hay más esperanza de ayudar a la niña enojada a salir de su forma de egoísmo que a la niña engreída de la suya; pero, por otra parte, la niña engreída no era tan terrible ni peligrosa como la colérica. La engreída, sin embargo, se enojaba a veces muchísimo, y entonces su ira era más rencorosa que la de la otra; y, a su vez, la colérica era a menudo muy engreída también. De modo que, en conjunto, de dos criaturas muy desagradables, diría que la hija del rey habría sido la peor, de no haber sido la pastora exactamente