Codal
nydus/Short FictionPublic
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VII

Para el tercer día, Agnes no solo estaba enferma, sino avergonzada de la vida que había llevado hasta entonces, se aborrecía a sí misma y le asombraba no haber visto antes la verdad sobre su persona.

A la mañana siguiente se despertó en los brazos de la sabia anciana; el horror se había desvanecido de su vista, y dos ojos celestiales la contemplaban. Lloró y se aferró a ella, y cuanto más se aferraba, con más ternura se cerraban en torno a ella los grandes y fuertes brazos.

Cuando hubo yacido así por un tiempo, la anciana sabia la llevó a su cabaña y la lavó en el pozuelo; luego la vistió con ropas limpias y le dio pan y leche. Cuando hubo comido, la llamó y le dijo muy solemnemente:

“Agnes, no debes imaginar que estás curada. El hecho de que ahora te avergüences de ti misma no es señal de que la causa de tal vergüenza haya cesado. En nuevas circunstancias, especialmente después de haberte portado bien durante un tiempo, correrás el peligro de pensar tanto en ti misma como antes. Así que guárdate de ti misma. Me voy de casa y te dejo a cargo de la misma. Haz exactamente lo que te digo hasta mi regreso”.

Luego le dio las mismas instrucciones que antes le había dado a Rosamond, con esta diferencia: le indicó que entrara en el salón de los cuadros cuando le placiera, mostrándole la entrada —ante la cual ya no estaba el reloj—, y se marchó, cerrando la puerta tras de sí.

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