Aun en la oscuridad, y en medio del mugido de otro monstruo de nubes de pecho profundo, supo que él había entrado en la habitación. Un momento después, comenzó una pulsación continua de furiosa luz azul que, al durar unos instantes, lo reveló de pie entre ellos, demacrado, ojeroso e inmóvil; el cabello y la barba descuidados, el rostro cadavérico, los ojos grandes y hundidos. La luz parecía concentrarse a su alrededor como en un centro. De hecho, algunos creían que palpitaba y se irradiaba de su propia persona, y no de los cielos tormentosos que tenían encima. El relámpago había rasgado el muro de su prisión y liberado el eslabón de hierro de su cadena, que se había enrollado al cuerpo como un cinto. En la mano llevaba una barra de grillete de hierro que había encontrado en el suelo de la bóveda. Más aterrorizados por su aspecto que por toda la violencia de la tormenta, los visitantes, entre gritos y alaridos, se precipitaron hacia la noche tempestuosa. Poco a poco, la tormenta se fue apagando. Su último relámpago reveló las formas de los hermanos y hermanas yacentes, con los rostros contra el suelo, y aquella aterrador figura que seguía inmóvil en medio de ellos.
Amaneció, y allí yacían, y allí estaba él. Pero a una sola palabra suya, se levantaron y se fueron a sus diversas tareas, aunque con bastante desgana.
La hermana mayor fue la última en levantarse; y cuando lo hizo, solo mediante un esfuerzo terrible pudo llegar a su habitación, donde volvió a caer al suelo. Allí se quedó postrada durante días.
El hermano mandó cerrar las puertas de la gran serie de salones, dejándolos tal como estaban, con todos los adornos infantiles esparcidos por todas partes y la lluvia aún colándose por las ventanas rotas.
«Que yazcan así —dijo él—, hasta que la lluvia y la escarcha los limpien de pintura y cortinajes: ninguna tormenta puede dañar las columnas y los arcos de estas salas».