Después de la tormenta, Agnes no se encontró con un solo obstáculo ni contratiempo.
Todo el mundo era extrañamente educado, le daba cuanto deseaba y respondía a sus preguntas, pero no hacía ninguna a cambio, y parecía en todo momento como si su partida fuera un alivio.
Temían, en realidad, por su apariencia, no fuera a decirles que estaba perdida, caso en el cual estarían obligados, bajo pena de ejecución pública, a llevarla al palacio.
Pero no bien hubo entrado en la ciudad cuando vio que difícilmente le convenía presentarse como una niña perdida en las puertas del palacio; pues ¿cómo iban a saber que no era una impostora, sobre todo teniendo en cuenta que en realidad sí lo era, por haberse escapado de la sabia mujer?
Así que anduvo vagando y mirando todo hasta que se cansó, aturdida por el ruido y el desconcierto a su alrededor. Cuanto más cansada se sentía, más la empujaban en todas direcciones. Como estaba acostumbrada a deambular por todo un monte, se torcía mucho en las calles abarrotadas, y a menudo estuvo a punto de ser atropellada por los caballos, que le parecía que iban para todos lados como un rebaño asustado.
Le habló a varias personas, pero nadie se detuvo a responderle; y al fin, decayendo su valor, se sintió verdaderamente perdida y rompió a llorar. Un soldado la vio y le preguntó qué le pasaba.
—No tengo a dónde ir —sollozó ella.