Tan pronto como se quedó sola, Agnes se puso a trabajar ordenando y quitando el polvo de la casita, atizó el fuego, regó la cama y limpió el interior de las ventanas: la propia sabia se encargaba siempre de mantener limpios los cristales por fuera. Cuando terminó, encontró su comida —del mismo tipo a la que estaba acostumbrada en casa, pero mejor— en el hueco de la pared. Cuando hubo comido, fue a mirar los cuadros.
Por entonces su antiguo carácter había empezado a despertar de nuevo. Había estado cumpliendo con su deber y, como consecuencia, había comenzado otra vez a considerarse Alguien.
Por muy extraña que pueda parecer, la práctica del deber engendra vanidad en quienes solo lo cumplen a veces. Quienes lo cumplen siempre pensarían en vanagloriarse de comer su almuerzo tan pronto como de cumplir con su deber.
¿Qué muchacho honrado se enorgullecería de no robar carteras? Un ladrón que intentara reformarse, sí. Vanagloriarse de cumplir con el deber es, por lo tanto, señal de cuán poco se le cumple y de cuán poco se comprende lo despreciable que es no cumplirlo. ¿Podría alguien que no fuera una criatura mezquina envanecerse de no ser despreciable?
Hasta que nuestro deber se nos vuelve tan natural como la respiración, somos unas pobres criaturas.
De modo que Agnes comenzó a acariciarse de nuevo, olvidándose de su difunta compañera de autoacariciamiento, y sin reflexionar jamás que ahora estaba haciendo lo que entonces había aborrecido. Y en ese estado de ánimo entró en la galería de cuadros.