Por la mañana, mientras yacía despierta antes de levantarse, divisó lo que parecía ser una puerta detrás del alto reloj de caja que permanecía en silencio en el rincón.
«¡Ah! —pensó—, ¡esa debe ser la salida!» y se levantó al instante. Lo primero que hizo, sin embargo, fue ir hacia el agujero en la pared. No había nada.
“¡Bueno, a mí sí que me explotan!”, exclamó en voz alta. “¡Todo ese trabajo de limpieza ayer para la vieja malhumorada, y este es mi pago por el esfuerzo: ¡nada para desayunar! ¡Ni siquiera un mendrugo de pan! ¿Se imagina la señora ogresa que una princesa va a soportar eso?”.
¡La pobre y tonta criatura parecía pensar que el trabajo de un día debía servir también para el día siguiente! Pero ese no es el modo en que se hace en ninguna parte de todo el universo. ¿Cómo podría haber un universo en ese caso? Y ni siquiera se le pasaba por la cabeza aplicar la misma regla a su desayuno.
—¡Qué buena he sido en todo el día de ayer —dijo—, y qué hambrienta y maltratada estoy hoy!
¡Pero no iba a ser una esclava, ni a volver a hacer hoy lo que no había hecho más que la noche anterior! ¡No le importaba el desayuno! Podría tomarlo sin duda si volvía a desempolvar todo aquel maldito lugar, pero no iba a hacerlo, ¡al menos sin ver primero qué había detrás del reloj!
Salió disparada, y metiendo la mano detrás del reloj encontró el pestillo de una puerta. Este se levantó, y la puerta se abrió un poco. A fuerza de apretar con ganas, se las arregló para colarse detrás del reloj y, de este modo, cruzar la puerta. Pero ¡cómo abrió los ojos de par en par cuando, en vez de la campa abierta, se encontró sobre el suelo de mármol de una habitación grande y