igual de mala.
Pero, como he dicho, la sabia mujer no le quitaba los ojos de encima: vio que había que hacer algo especial, o de lo contrario ella sería de aquellas que se arrodillan ante sus propias sombras hasta que les crecen pies en las rodillas; luego caminan sobre las manos hasta que las manos se les convierten en pies; después apoyan la jeta en el suelo hasta que se les vuelve hocico; y al final son una suerte de lagartijas horribles, cada una de las cuales se cree el ser mejor, más sabio y más encantador del mundo, sí, el mismísimo centro del universo.
Y así andan correteando por siempre en busca de sus propias sombras para poder adorarlas, y miserables porque no pueden encontrarlas, al estar ellas mismas demasiado cerca del suelo para proyectar sombra alguna; y lo que al fin es de ellas, solo uno lo sabe.
La sabia mujer, por lo tanto, un día se acercó a la puerta de la cabaña del pastor, vestida como una mujer pobre, y pidió un trago de agua.
La esposa del pastor la miró, le cayó bien y le trajo una taza de leche. La sabia mujer la aceptó, pues tenía por norma aceptar toda bondad que se le ofreciera.
Agnes no era por naturaleza una muchacha codiciosa, como ya he dicho; pero la presunción basta y sobra para engendrar cualquier otro vicio bajo el sol. La vanidad, que es una forma de presunción, se ha manifestado repetidas veces como el sentimiento más profundo en el corazón de una horrible asesina.
Aquella mañana, en el desayuno, su madre le había escatimado la leche —tan solo un poco— para que hubiese suficiente para preparar unas hebrillas de leche para la comida. A Agnes no le importó en aquel momento, pero cuando vio la leche que ahora se le daba a una mendiga, como ella llamaba a la sabia mujer —aunque, ciertamente, uno bien