Un día, mientras hacía guardia, vio los ojos de su coronel fijos intensamente en él. Sintió que le temblaba el labio, pero lo apretó y lo aquietó, y trató de poner cara de la mayor indiferencia posible; esfuerzo al que contribuía la postura formal que exigía su puesto. Ahora bien, el coronel, dadas las bajas sufridas por el regimiento, había ascendido desde el grado de teniente en este, y había pertenecido a él en la época de la degradación del alférez. En efecto, de no haber sido tan grandes los cambios en el regimiento, difícilmente habría pasado tanto tiempo sin ser descubierto. Pero el pobre hombre habría sentido que su nombre ya estaba libre de reproche si hubiera presenciado lo que siguió al detenido examen que había despertado sus temores y que, de hecho, había convencido al coronel de su identidad con el alférez deshonrado. Con un paso apresurado y menos marcial que de costumbre, el coronel entró en su tienda, se arrojó sobre su cama y lloró como un niño. Al levantarse, se le oyó pronunciar estas palabras —y solo estas escaparon de sus labios—: «Él es más noble que yo».
Pero este oficial se mostró digno de mandar a hombres como este soldado raso; pues supo comprender y secundar noblemente sus sentimientos.
No pronunció una sola palabra del descubrimiento que había hecho hasta años después; pero pronto empezó a comentarse que siempre que había que realizar algo arduo, o distinguido de algún modo, este hombre formaba parte indefectiblemente del grupo designado.
En resumen, tan a menudo como le fue posible, el coronel «lo puso en lo más recio de la batalla».
Saliendo de todo ello con una salvación milagrosa, pronto llamó la atención tanto por su valor temerario como hasta entonces por su precisión en el cumplimiento de deberes que solo acarreaban elogios, mas no honor. Pero su purificación final estaba cerca.
Una gran parte del ejército se apresuraba, mediante marchas forzadas, a levantar el sitio de una ciudad que estaba ya a punto de caer en manos del