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I

Había cierto país donde las cosas solían marchar de un modo bastante extraño.

Por ejemplo, uno nunca podía saber si iba a llover o a granizar, o si la leche se iba a poner agria o no. Era imposible decir si el próximo bebé iba a ser niño o niña, o incluso, después de tener una semana de edad, si se despertaría de buen o mal humor.

En estricta concordancia con la peculiar naturaleza de este país de incertidumbres, aconteció un día que, en medio de una lluvia que bien podría llamarse dorada, viendo cómo el sol, que brillaba al caer, convertía todas sus gotas en topacios fundidos, y cada gota servía para un grano de maíz dorado, o una primaveral flor amarilla, o un botón de oro, o un diente de león al menos;⁠—mientras caía esta espléndida lluvia, digo, con un repiqueteo musical sobre las grandes hojas de los castaños de Indias, que colgaban como gorgueras de Van Dyck alrededor de los cuellos de las flores cremosas con manchas rojas, y sobre las hojas de los sicómoros, que parecían tener sangre en sus venas, y sobre una multitud de flores, de las cuales unas se erguían y tendían audazmente sus cálices para atrapar su porción, mientras que otras se acurrucaban, riendo, bajo los suaves y palmoteantes golpes de las gotas pesadas y templadas;⁠—mientras esta hermosa lluvia limpiaba todo el aire de motisas, de malos olores y de semillas venenosas que habían escapado de sus prisiones durante la larga sequía;⁠—mientras caía, salpicando y centelleando, con un zumbido, un torrente y un suave entrechoque⁠—¡pero detente! Estoy robando, según veo, y no solo eso, sino que con manos torpes arruino lo que robo:⁠—

“¡Oh lluvia! con tu sordo doble son, El estrépito cercano y el murmullo en derredor:”

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