Por fin prorrumpió en gritos, mas no hubo respuesta. Se volvió cada vez más sombrío —dentro de ella, se entiende—; afuera no había cambio alguno. Nada había por encima, nada bajo sus pies, nada a uno u otro lado, sino el mismo resplandor pálido, tenue y azulado. Lloró por fin, luego se enfureció muchísimo y después se puso hosca; pero a nadie le importaba si lloraba o reía. Todo era igual para la fría e inmóvil penumbra que la rodeaba. Una y otra vez transcurrían las horas sombrías —o ¿acaso transcurrían?—; «ningún cambio, ninguna pausa, ninguna esperanza»; una y otra vez hasta que sintió que la habían olvidado, y entonces se quedó extrañamente quieta y se durmió.
En cuanto se quedó dormida, la sabia mujer vino, la levantó y la recostó en su seno; la alimentó con una leche maravillosa, que ella recibió sin saberlo; la cuidó durante toda la noche y, justo antes de que despertara, la devolvió a la esfera azul.
Cuando por fin volvió en sí, creyó que los horrores del día anterior no habían sido más que un sueño nocturno. ¡Pero pronto se impusieron como realidades, pues allí estaban! No había nada que ver salvo una fría luz azul, y nada que hacer salvo verla. ¡Ay, qué lentamente transcurrían las horas! Perdió toda noción del tiempo. Si le hubiesen dicho que llevaba