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nydus/Short FictionPublic
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III

pensó que se parecía al manto de la anciana— que cayó hacia atrás; no sobre el suelo, sin embargo, sino sobre el rodal de brezo, que le pareció tan blando y agradable como cualquier cama del palacio. Allí, agotada por el llanto y la rabieta, no tardó en quedarse profundamente dormida.

Soñó que era la vieja mujer fría allá arriba en el cielo, sin hogar ni amigos, y sin nada en absoluto, ni siquiera un bolsillo; vagando, vagando por siempre, sobre un desierto de arena azul, sin llegar jamás a ninguna parte, y sin poder acostarse ni morir.

¡De nada servía detenerse a mirar a su alrededor, pues qué otra cosa tenía que hacer sino mirar a su alrededor por siempre mientras avanzaba y avanzaba y avanzaba, sin ver jamás nada, y sin esperar ver nada jamás!

La única sombra de esperanza que tenía era la de que pudiera, poco a poco, volverse cada vez más delgada, hasta que al fin se desgastara y no quedara nada de ella; ¡mas ay!, no lograba percibir el menor indicio de que ya hubiera empezado a adelgazar.

La desesperanza se volvió al fin tan insoportable que se despertó con un sobresalto. Al ver el rostro de la mujer sabia inclinado sobre ella, le rodeó el cuello con los brazos y levantó la boca para que la besara. Y el beso de la mujer sabia fue como los rosales de Damasco.

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