Ninguno de los hombres con los que se encontraba le decía jamás una palabra acerca de su mujer. La impresión general era que lo había abandonado por una compañía más grata, y a nadie le extrañaba que se hubiera deshecho de semejante «viejo seco y aburrido», a quien incluso los devotos esclavos de los negocios despreciaban por considerar que no tenía otra cosa en la cabeza que los negocios.
Sin embargo, otro cambio se estaba gestando en su interior.
El primer indicio de ello fue que comenzó a dudar de que su esposa en verdad le hubiera sido infiel—de que lo hubiera abandonado en otra compañía que no fuera la de la Muerte.
Pero había una gran dificultad en el camino hacia esa conclusión. Le resultaba imposible imaginar el suicidio como producto de otra causa que no fuera la locura, y ¿qué podría haber provocado tal trastorno en alguien que no tenía preocupaciones ni ansiedades, que lo tenía todo y nada que la afligiera, con un esposo devoto y un hogar feliz?
Aun así, la mera idea lo hizo pensar en ella con más compasión y, por lo tanto, con mayor ternura que antes.
Aún no se le había ocurrido pensar que tal vez él tuviera algo que ver con la conducta o el estado de ella. La culpa era algo con lo que jamás había hecho amistad, y mucho menos bajo la forma de la autoinculpa. Para consigo mismo él estaba simplemente en orden: el centro equilibrado de las cosas, capaz de emitir un juicio justo sobre todos los demás. Pero no debe olvidarse cuán poco sabía de sus propios asuntos en general; su situación era muy distinta a la de alguien que hubiera cerrado los ojos y endurecido su corazón ante las sospechas sobre sí mismo. Sus ojos jamás se habían abierto a otra cosa que no fuera el orden de las cosas en el mundo del dinero —sus leyes, sus castigos, sus recompensas—; eso sí lo entendía.