Mirando fijamente a través de la oscuridad, creyó ver los ojos de la doncella encontrándose con los suyos, pero el resplandor de los restos del fuego al juntarse reveló con suficiente claridad que el banco estaba vacío. Preguntándose qué la habría llevado a salir en semejante tormenta, cayó profundamente dormido.
En mitad de la noche sintió un dolor en el hombro, se despertó de golpe y vio los ojos brillantes y los dientes amenazantes de algún animal muy cerca de su cara.
Tenía las garras clavadas en su hombro y el hocico a punto de buscarle la garganta. Sin embargo, antes de que le hubiera hincado los colmillos, él ya le había asido el cuello con una mano y buscaba el cuchillo con la otra.
Se libró entonces una lucha terrible; pero, sin importarle las garras que lo desgarraban, encontró el cuchillo y lo abrió. Había dado una puñalada en balde y se disponía a asestar otra más certera, cuando, con un impulso de todo el cuerpo y un esfuerzo violentamente contorsionado, la criatura le torció el cuello para librarse de su presa y, con algo a medio camino entre un grito y un aullido, salió disparada.
De nuevo oyó abrirse la puerta; de nuevo el viento sopló sobre él, y siguió soplando; una ráfaga de espuma salpicó el suelo y le dio en la cara. Saltó de su lecho y se precipitó hacia la puerta.
Era una noche salvaje —oscura, a excepción del destello de blancura de las olas al romper a pocos metros de la cabaña—; el viento bramaba y la lluvia inundaba el aire. Un sonido macabro, como un llanto y aullido mezclados, provenía de alguna parte en la oscuridad. Volvió a entrar en la choza y cerró la puerta, pero no encontró la manera de asegurarla.
La lámpara estaba casi apagada y no podía estar seguro de si la silueta de la joven se encontraba sobre el banco o no. Venciendo una fuerte repulsión, se acercó a él y extendió las manos; no había nada. Se sentó y esperó a que fuera de día: no se atrevió a dormir más.