contemplaba, se produjo en su visión aquel cambio óptico que todos han experimentado tras mirar abstraídos un objeto durante un tiempo: su figura se hizo muy pequeña y se alejo a una distancia immeasurable; hasta que, su imaginación mezclándose con la bruma crepuscular de sus sentidos, le pareció verlo de pie muy lejos en una colina, con el brillante horizonte del atardecer como fondo de su figura nítidamente definida.
No volvió a saber de nada hasta que se encontró en la cama, en la oscuridad; y el primer mensaje que le llegó del mundo exterior fue el gruñido infernal del bulldog desde la habitación de abajo.
Al día siguiente vio a su amante paseando con dos señoras, para quienes hablarle a ella habría supuesto cierto grado de condescendencia; y él pasó de largo frente a la casa sin mirarla ni una sola vez.
Quien esté lo bastante poseído por el demonio del nerviosismo como para alegrarse de las influencias magnéticas de la compañía de un amigo en un paseo público, o de un caballo bajo su montura al pasar por un cementerio, se hará una ligera idea de cuán totalmente expuesta y indefensa se sentía ahora la pobre Elsie en la concurrida vía pública de la vida.
Y así, el sopor que se habíapoderado de ella no fue el desmayo ordinario con el que la naturaleza alivia los nervios sobrecargados, sino el regreso de los ataques epilépticos de su primera infancia; y si la condición de la muchacha había sido lastimosa antes, ahora lo era diez veces más.
Sin embargo, no se quejó, sino que lo soportó todo en silencio, aunque era evidente que su salud se estaba resquebrajando. Pero entonces le llegó ayuda de un extraño sector; aunque muchos quizás no estarían dispuestos a concederle el nombre de ayuda a aquello que más bien aceleró que retrasó el curso de su declive.
Se había ido a pasar unos cuantos días de verano con un pariente en el campo, a unas millas de su hogar, si es que se le podía llamar hogar.