¡Mira la lluvia!
La princesa prorrumpió en un mar de lágrimas y cayó al suelo. Allí se quedó tumbada durante una hora y su llanto no cesó jamás. Todo el llanto reprimido de su vida se desahogaba ahora. Y se desató una lluvia como jamás se había visto en aquel país. El sol brillaba todo el tiempo, y las grandes gotas, que caían derechas a la tierra, brillaban asimismo. El palacio estaba en el corazón de un arcoíris. Era una lluvia de rubíes, zafiros, esmeraldas y topacios. Los torrentes bajaban de las montañas como oro fundido; y de no ser por su desagüe subterráneo, el lago se habría desbordado e inundado el país. Estaba lleno de orilla a orilla.
Pero la princesa no hizo caso del lago. Se quedó tendida en el suelo y lloró. Y aquella lluvia dentro de casa era mucho más maravillosa que la lluvia de fuera. Pues cuando menguó un poco y se dispuso a levantarse, descubrió, para su asombro, que no podía. Al fin, tras muchos esfuerzos, logró ponerse en pie. Pero se cayó de nuevo enseguida. Al oírla caer, su vieja nodriza lanzó un grito de júbilo y corrió hacia ella, chillando:
—¡Mi querida niña! ¡Ya ha encontrado su sensatez!
—¡Ah, con que eso es!, ¿verdad? —dijo la princesa, frotándose alternativamente el hombro y la rodilla—. Me parece de lo más desagradable. Siento como si fuera a hacerme añicos.
—¡Hurra! —gritó el príncipe desde la cama—. Si tú has entrado en razón, princesita, yo también. ¿Qué tal el lago?
—Hasta los topes —respondió la enfermera.
—Entonces todos estamos contentos.