La traían de aquí para allá, le daban bofetadas a la mínima provocación, le echaban la culpa de todo, la llamaban con toda clase de nombres despectivos, se mofaban y burlaban de su torpeza, y le hacían la vida tan miserable que estaba a un paso de olvidarlo todo y no saber hacer otra cosa que limpiar cacerolas y teteras.
Sin embargo, no habrían sido tan duros con ella de no ser por su comportamiento irritante.
No se atrevía a negarse a hacer lo que se le ordenaba, pero obedecía ya con los labios apretados, ya con una sonrisa despectiva.
Lo único que la sostenía era su constante maquinación sobre cómo salir de la dolorosa situación en la que se encontraba.
Sin embargo, solo hay una manera verdadera de salir de cualquier situación en la que podamos estar, y es hacer el trabajo de esta tan bien que nos volvamos aptos para una mejor: no hace falta decir que este no fue el plan por el que Agnes tuvo la astucia de decantarse.
Pronto había sabido por las conversaciones a su alrededor la razón de la proclamación que la había traído hasta allí.
—¿Era tan hermosa la princesa perdida? —le preguntó un día a la más joven de sus compañeras de servidumbre.
“¡Preciosa! —gritó la criada—; era sencillamente el sapito más feo que se ha visto en la vida”.
—¿Cómo era ella? —preguntó Agnes.
“Ella era de tu tamaño, y bastante fea, solo que no de la misma manera; pues tenía las mejillas rojas, la nariz respingona y la boca más grande y fea que jamás hayas visto”.
Agnes se quedó pensando.