Habiendo visto así a una enemiga, según ella creía, convertida en amiga, comenzó a retomar su plan anterior, y avanzó sigilosamente cada vez más lejos.
Al fin llegó a una pequeña hondonada y al instante rodó hacia el fondo. Descubriendo entonces que estaba fuera de la vista de la cabaña, salió corriendo a toda velocidad.
Pero no había dado más de una docena de pasos, cuando oyó una carrera con gruñidos a sus espaldas, y al instante siguiente estaba en el suelo, con el perro de pie sobre ella, enseñándole los dientes y mirándola con ojos encendidos.
Le echó los brazos al cuello y enseguida él le lamió la cara y la dejó levantarse.
Pero en cuanto intentaba dar un paso más para alejarse de la casita, allí estaba él de nuevo frente a ella, gruñendo y enseñando los dientes. Comprendió que no servía de nada y volvió con él.
Así le fue provista a la princesa una perrita como tutora privada—exactamente la clase de tutora que necesitaba.
Al poco rato apareció la pastora en la puerta y la llamó. Habría hecho caso omiso de la llamada, pero Prince hizo todo lo posible por dejarle claro que, hasta que pudiera obedecerse a sí misma, debía obedecerle a él.
Así que entró en la choza, y allí la pastora le ordenó que pelara las patatas para la cena. Ella se amurró y se negó. Aquí Prince no pudo hacer nada para ayudar a su ama, pero esta no tuvo que ir muy lejos para encontrar a otro aliado.