No eran lobos ni hienas los que le habían causado tal desmayo, sino criaturas del aire, aún más espantosas, las cuales, tan pronto como el humo del abeto ardiente dejó de esparcirse por doquier, y el sol estuvo a suficiente distancia en el cielo, y la solitaria y fría mujer salió, acudieron volando y aullando en torno a la cabaña, intentando entrar por cada puerta y ventana.
Por la chimenea se habrían metido, de no ser porque en el corazón del fuego siempre yacía cierta piña de abeto, que parecía oro macizo al rojo vivo, y la cual, aunque pudiera cubrirse fácilmente de ceniza hasta volverse del todo invisible, se mantenía continuamente en un fulgor capaz de prender todas las piñas de abeto del mundo; esto era lo que había impedido que los horribles pájaros —algunos dicen que tienen una garra en la punta de cada pluma de las alas— destrozaran a la pobre y traviesa princesa y se la tragaran de un bocado.
Cuando se levantó y miró a su alrededor, se consternó al ver en qué estado se encontraba la cabaña. El fuego se había apagado y las ventanas estaban todas opacas por las alas y garras de los pájaros sucios, mientras que la cama de la que acababa de levantarse estaba marrón y marchita, y la mitad de sus campanillas moradas se habían caído. Pero se consoló pensando que podría arreglarlo todo en unos pocos minutos, solo que primero tenía que desayunar. Y, a buen seguro, ¡había un cuenco del delicioso pan con leche preparado para ella en el hueco de la pared!
Después de habérselo comido, se sintió a gusto, y estuvo un buen rato haciendo castillos en el aire, hasta que volvió a tener hambre de verdad, sin haber hecho ni pizca de trabajo. Volvió a comer, y volvió a holgazanear, y volvió a comer. Luego oscureció, y se fue a la cama