método que adoptó la señora Dempster, cuando hubo llegado a una parte de Londres que juzgó lo suficientemente distante para su propósito, fue ir de tienda en tienda preguntando por un puesto. Pero no encontró ninguna perspectiva de éxito y, al fin, muy necesitada de descanso y refrigerio, entró en una pequeña cafetería. A la mujer que la atendía le llamó la atención su aspecto, sus modales y su evidente tribulación y, al haber oído casualmente de una señora que buscaba una niñera, le dio la dirección. Fue de inmediato y solicitó el puesto. A la señora le agradó mucho y accedió a contratarla, siempre y cuando recibiera buenas referencias sobre ella. La señora Dempster no estaba preparada para tal exigencia; nunca había pensado qué referencias podía dar y, agotados fácilmente sus recursos para el engaño, acorralada, dio el nombre y la dirección de su madre. ¡Así se encontraron los extremos de la pérdida y la salvación! Regresó a la cafetería, y la señora escribió de inmediato a la dirección de la que suponía era la antigua ama de la joven.
La amabilidad de su nueva amiga no se había agotado; esa noche le ofreció un lugar en su propia cama.
La señora Dempster solo tenía ya dos chelines, los cuales se los ofreció, prometiéndole pagarle el resto con los primeros jornales que recibiera. Pero la buena mujer no quiso aceptar más que uno de ellos, y eso en pago total de lo que le debía, y la señora Dempster salió de la tienda entre lágrimas, para rondar por el vecindario hasta que llegara la hora en que la señora le había dicho que volviera a llamar.
Aparentemente, debió de albergar la esperanza de que su madre, adivinando su apuro, le diera el certificado que pudiera reclamar con honradez.