la cabaña.
La princesa fue de muy buena gana, con la firme intención, sin embargo, de perderse de vista poco a poco y luego echar a correr de inmediato.
Pero apenas hubo cruzado el umbral cuando la pastora le dijo al perro: «Cuídala»; y salió disparado Príncipe.
En cuanto lo vio, Rosamond se arrojó de bruces, temblando de pies a cabeza.
Pero el perro no tenía ningún pleito con ella, y de la violencia contra la que él siempre se sentía obligado a protestar a su manera de perro, no había rastro alguno en la forma postrada ante él; de modo que le metió la nariz por debajo, la dio la vuelta y comenzó a lamerle la cara y las manos.
Cuando vio que tenía intenciones amistosas, su amor por los animales, del que hacía mucho tiempo que no disfrutaba, despertó por completo, y al poco rato estaban jugando y corriendo de un lado para otro, siendo los mejores amigos del mundo.