Tampoco era por naturaleza especialmente obstinada o desobediente; por lo general hacía lo que su padre y su madre deseaban, y creía lo que le decían.
Pero poco a poco la habían malcriado; y este fue el modo:
estaban tan orgullosos de ella que siempre repetían todo lo que decía, y contaban todo lo que hacía, aun cuando estaba presente; y eran tales su admiración por la niña que se maravillaban, se reían y alababan cosas en ella que en cualquier otro niño jamás les habrían parecido lo más mínimo notables, e incluso algunas cosas que en otro les habrían causado total repulsión.
¡Las cosas impertinentes y groseras hechas por su hija les parecían de lo más ingeniosas!, riéndose de ellas como de algo verdaderamente maravilloso; sus ocurrencias banales se repetían una y otra vez como si hubiesen sido la mejor poesía; y los modales bonitos que cualquier niño medianamente bueno posee se ensalzaban como si fuesen el resultado de su excelente gusto, y la elección de su juicio y voluntad.
- A veces incluso decían que no debía oír sus propias alabanzas por miedo a que eso la volviera vanana, y luego se las susurraban a la mano, pero tan alto que a ella le era imposible dejar de oír cada palabra.
La consecuencia fue que pronto llegó a creer —tan pronto, que no alcanzaba a recordar el momento en que no lo había creído, como el hecho más absoluto del universo— que ella era Alguien; es decir, se volvió de lo más inmoderadamente engreída.
Ahora bien, como la más mínima pizca de vanidad es algo de lo que avergonzarse, ¡puedes imaginarte cómo era ella con semejante cantidad dentro de su cabeza!