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nydus/Short FictionPublic
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IV. El herrero trasgo

Y a medida que llamaba, un enano tras otro salía rodando por la chimenea, en cuyo rincón el fuego ardía estrepitosamente.

Se agolparon alrededor de Colin y empezaron a poner muecas horribles y a escupirle fuego. Pero él mantuvo la compostura.

Por fin uno lo pellizcó, y él no pudo soportarlo, sino que le dio un golpe fuerte en la cabeza. Creyó que se había hecho pedazos su propia mano, pues le dio una sacudida tan violente; y la cabeza sonó como una olla de hierro.

—Vamos, vamos, joven —exclamó el herrero—; aparta las manos de mis hijos.

—Pues diles que me quiten las manos de encima —dijo Colin.

Y trayendo a la memoria su mensaje, justo cuando empezaban a apiñarse de nuevo a su alrededor con miradas aún más rencorosas, añadió:

—¡Eh, diablillos! No lo voy a tolerar más. Poneos a trabajar inmediatamente. La vieja del huso dice que tenéis que levantar el risco de Cumberbone una yarda más, y abrir un conducto de humos bajo el cenagal de Stonestarvit.

En un momento se habían desvanecido por la chimenea.

Un momento más y la herrería se estremeció hasta los cimientos. Pero el herrero no hizo caso, limitándose a trabajar con más furia que nunca.

Luego vino un gran crujido y una sacudida que tiró a Colin al suelo. El herrero se tambaleó, pero nunca soltó los martillos ni falló un solo golpe en el yunque.

—Esos muchachos van a cometer una locura —dijo; luego, volviéndose hacia Colin:

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