Por la falda de la colina deambulaba un rebaño de ovejas que pastaba, al cuidado de un pastor y dos perros. Un poco más apartado, una niña de pie y con los pies descalzos en un arroyo construía sobre este un puente de piedras rústicas. El viento soplaba, retirándole el cabello de su rostro sonrosado. Un cordero pacía muy cerca de ella; y un perro ovejero intentaba alcanzar su mano para lamerla.
“¡Ay, cómo desearía ser esa niña!”, dijo la princesa en voz alta.
“¡Me pregunto cómo será que algunas personas están hechas para ser mucho más felices que otras! Si yo fuera esa niña, nadie me llamaría nunca malcriada”.
Contempló y contempló el cuadro. Al fin se dijo:
«No creo que sea un cuadro. Es el país de verdad, con una colina de verdad y una niñita encima. ¡Pronto veré si esto no es otra de las trampas de la vieja bruja!».
Se acercó mucho al cuadro, levantó el pie y cruzó el marco.
“¡Soy libre, soy libre!”, exclamó; y sintió el viento en la mejilla.
El sonido de una puerta al cerrarse llegó a sus oídos. Se dio la vuelta, y ante ella se alzaba un muro liso, sin puertas ni ventanas. La colina con las ovejas estaba frente a ella, y se puso en marcha de inmediato para alcanzarla.
Ahora bien, si se me pregunta cómo pudo ser esto, solo puedo responder que fue el resultado de la interacción entre las cosas de fuera y las cosas de dentro, de la habilidad de la mujer sabia y de la necedad del niño tonto. Si esto no satisface a mi interrogador, solo puedo añadir que la mujer sabia era capaz de hacer cosas mucho más maravillosas que esta.