El hombre lobo
En el mismo momento en que Photogen dio alcance a Nycteris, el telescopio de Watho recorría con furia la meseta. Lo apartó de sí llena de rabia y, corriendo a su habitación, se encerró.
Allí se untó de la cabeza a los pies con cierto ungüento; se soltó su larga cabellera pelirroja y se la ató a la cintura; luego comenzó a bailar, girando una y otra vez cada vez más dexpacio y más furiosa, volviéndose cada vez más y más colérica, hasta que le salía espuma por la boca de la ira.
Cuando Falca fue a buscarla, no pudo encontrarla por ninguna parte.
Al salir el sol, el viento cambió lentamente y giró hasta soplar directo desde el norte. Photogen y Nycteris se acercaban al linde del bosque, con Photogen todavía cargando a Nycteris, cuando ella se movió un poco sobre su hombro con inquietud y le murmuró al oído,
“Huelo a una bestia salvaje; por allí, por donde viene el viento”.
Photogen se volvió, miró de nuevo hacia el castillo y vio una mancha oscura en la llanura. Mientras miraba, se hizo más grande: cruzaba la hierba con la velocidad del viento. Se acercaba cada vez más. Parecía largo y bajo, pero eso podía ser debido a que corría en una gran estirada. Dejó a Nycteris en el suelo bajo un árbol, en la sombra negra de su tronco, tensó su arco y escogió su flecha más pesada, más larga y más afilada. Justo cuando encajaba la muesca en la cuerda, vio que la criatura era un lobo tremendo, que se abalanzaba directamente hacia él.