dándoles la espalda a ambas, y de repente la envolvió en los pliegues de su capa. Cuando la madre volvió a levantar los ojos, ella había desaparecido.
Sin suponer nunca que se había llevado a su hijo, pero incómoda por lo que le había dicho a la pobre mujer, la madre fue a la puerta y la llamó a voces mientras aquella ascendía lentamente por la colina.
Pero ella jamás volvió la cabeza; y la madre regresó a su cabaña.
La sabia mujer pasó muy cerca del pastor y de sus perros, y en medio de su rebaño de ovejas. El pastor se preguntó adónde iría, justo colina arriba. Había además algo extraño en ella, pensó; y la siguió con la mirada mientras subía y subía.
Cerca estaba el poniente, y al ocultarse el sol, una nube gris se posó en la cima de la montaña, la cual sus últimos rayos convirtieron en oro rosado.
Directamente en esta nube vio el pastor que la mujer detenía su paso, y en ella desvaneció. Poco se imaginaba que su hija iba bajo su capa.
Se fue a casa como de costumbre por la tarde, pero Agnes no había regresado. Ya estaban acostumbrados a una ausencia así de vez en cuando y al principio no se asustaron; pero cuando oscureció y ella no aparecía, el esposo salió con sus perros en una dirección, y la mujer en otra, para buscar a su hija.
Llegó la mañana y no la habían encontrado. Entonces todo el campo se levantó para buscar a la desaparecida Agnes; pero pasaron día tras día y noche tras noche, y no se descubrió nada de ella ni sobre ella, hasta que al final todos abandonaron la búsqueda desesperados, excepto la madre, aunque ahora estaba casi convencida de que la pobre mujer se la había llevado.
Un día se había alejado a cierta distancia de su cabaña, pensando que tal vez encontraría los restos de su hija al pie de algún acantilado, cuando de