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V. The Wise Woman

La sabia mujer se acercó directamente al hogar, miró el fuego, miró la cama, echó un vistazo alrededor de la habitación y se fue hacia la mesa.

Cuando vio la única raya en el espeso polvo que la princesa había dejado allí, una sonrisa, mitad triste, mitad complacida, como el sol asomándose entre una nube en un día lluvioso de primavera, iluminó su rostro. Fue enseguida a la puerta y llamó en voz alta,

“Rosamond, ven a mí”.

Todos los lobos y hienas, profundamente dormidos en el bosque, escucharon su voz y se estremecieron en sus sueños.

No es de extrañar entonces que la princesa temblara y se sintiera obligada, sin alcanzar a comprender cómo, a obedecer la llamada. Se levantó, como el ser culpable que se sentía, abandonando por propia voluntad el escondite que había elegido, y caminó lentamente de regreso hacia la cabaña que había dejado llena de los signos de su vergüenza.

Al entrar, vio a la sabia mujer de rodillas, avivando el fuego con piñas de abeto. La llama ya trepaba por el montón en todas direcciones, crujiendo suavemente y esparciendo un dulce aroma balsámico por la polvorienta cabaña.

—Esa es mi parte del trabajo —dijo, poniéndose de pie—. Ahora haz tú la tuya. Pero primero déjame recordarte que, si no lo hubieras pospuesto, no solo te habría parecido mucho más fácil, sino con el tiempo un trabajo de lo más agradable, mucho más agradable de lo que ahora puedes imaginar; ni habrías sentido que el tiempo se te hacía pesado: no te habrías dormido de día dejando apagar el fuego, ni te habrías desvelado

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