Anduvo y anduvo sin detenerse jamás, sin dejar que la luz entrara ni que Inés mirara hacia fuera. Caminaba muy deprisa y llegó a su cabaña muy poco después de que la princesa se hubiera marchado de allí.
Pero tampoco dejó a Agnes ni en la cabaña ni en el gran salón. Tenía otros lugares, ninguno de ellos igual al otro. El lugar que había elegido para Agnes era uno extrañísimo, de esos que no se encuentran en ninguna otra parte del ancho mundo.
Era una gran esfera hueca, hecha de una sustancia similar a la del espejo que Rosamond había roto, pero de composición diferente. Esa sustancia nadie podía verla por sí sola. No tenía ni puerta, ni ventana, ni ninguna abertura que rompiera su perfecta redondez.
La sabia mujer llevó a Agnes a una habitación oscura, allí la desnudó, le quitó de la mano sus agujas de tejer y la metió, tal como vino al mundo, en la esfera hueca.
No podía saber qué clase de lugar era aquel. No alcanzaba a ver nada excepto una débil y fría luz azulada a su alrededor. No sentía que nada la sostuviera y, sin embargo, no se hundía. Se quedó de pie por un momento,