por la noche oyendo los aullidos de las bestias-ave. Más que nada, te habría alegrado verme al regresar; y habrías corrido a mis brazos en vez de quedarte ahí plantado, con ese aspecto tan feo y tonto.
Mientras hablaba, de repente alzó ante la princesa un espejito, tan transparente que nadie al mirarlo habría sabido de qué estaba hecho, ni siquiera verlo en absoluto —tan solo lo que en él se reflejaba—. Rosamond vio a una niña de mejillas gordas y sucias, boca codiciosa, ojos cobardes —que, sin atreverse a mirar al frente, parecían intentar esconderse tras una nariz impertinente—, hombros caídos, cabello enmarañado, ropa hecha girones, y manchas y lamparones por todas partes. Eso era en lo que se había convertido. Y, a decir verdad, el espectáculo la dejó horrorizada, y enseguida comenzó, en su sucio corazón, a echarle la culpa a la sabia mujer, porque la había alejado de sus nodrizas y de sus finos vestidos; mientras que, al mismo tiempo, sabía muy bien que, cerca del lecho de brezo, había el más precioso y pequeño pozo, justo del tamaño adecuado para lavarse, cuya agua brotaba siempre fresca de la tierra y se escurría a través de la pared. Junto a él yacía la más blanca de las toallas de lino, con un peine hecho de madreperla y un cepillo de agujas de pino, cualquiera de los cuales había sido demasiado perezosa para usar. ¡Arrojó el espejo de un golpe de la mano de la sabia mujer, y allí quedó, partido en mil pedazos!
Sin decir una palabra, la sabia mujer se agachó y recogió los fragmentos; no cesó de buscar hasta haber reunido hasta el último átomo, y los colocó todos con cuidado, uno por uno, en el fuego, que ahora arda con fuerza en el hogar. Luego se puso en pie y miró a la princesa, que la había estado observando con mal humor.
—Rosamond —dijo, con un semblante terrible en su severidad—, hasta que hayas limpiado esta habitación...
—¡Ella lo llama habitación! —se mofó la princesa para sus adentros.